La información documental del artículo procede del libro Antoni Gaudí, vida y obra, de Armand Puig i Tàrrech, y de otras fuentes de información que se citan a lo largo del texto.

En 1868, Antoni Gaudí, con dieciséis años, se trasladó a vivir a Barcelona. Dejaba atrás su infancia en el Camp de Tarragona, una etapa en la que asimiló costumbres, tradiciones y formas de hacer, y en la que la naturaleza, la luz y el mar forjaron su identidad.(Véase la entrada del blog «Volviendo a los orígenes»).La voluntad de convertirse en arquitecto lo llevó a la capital catalana, donde completó los estudios de secundaria que había empezado en Reus e ingresó en la Escuela Provincial de Arquitectura.Durante su etapa formativa, compaginaba las clases con trabajos para artesanos y otros arquitectos, como Francisco de Paula del Villar. Se graduó en 1878, año en que también recibió su primer encargo oficial: el diseño de las farolas de la plaza Reial y del Pla de Palau de Barcelona. Era el primer proyecto de una prolífica carrera que comenzaba en una ciudad en plena transformación y expansión impulsada por la Revolución Industrial, y en la que se establecería definitivamente, aunque siempre mantuvo el vínculo con su tierra natal.

De joven, Gaudí frecuentaba los ambientes intelectuales y culturales de la sociedad barcelonesa. Asistía a menudo a las funciones del Liceu y a los conciertos del Palau de la Música Catalana, participaba en los debates del Ateneu Barcelonès, practicaba la equitación y era socio de la Associació Catalanista d’Excursions Científiques, entidad precursora del Centre Excursionista de Catalunya. «Fumaba puros, iba acicalado y utilizaba una calesa de caballos. Era un dandi, vaya», explica Armand Puig.

Sin embargo, a finales del siglo XIX, el arquitecto sufrió una profunda crisis personal que lo llevó a hacer un ayuno y a replantearse cómo quería vivir. Guiado por personas de su confianza, como los Obispos Joan Baptista Grau i Vallespinós y Josep Torras i Bages, decidió adoptar una vida mucho más austera y retirada. «Gaudí fue encontrándose a sí mismo en una vida de sacrificio», explica el doctor Armand Puig.

En ese momento de transformación, dio forma a nuevas costumbres y fijó unas actividades y rutinas que mantuvo hasta su muerte.

En este artículo vemos cómo era un día en su vida y el recorrido que hacía desde la casa de muestra del Park Güell, donde, a partir de 1906, trasladó su residencia.

Casa de muestra del Park Güell, donde vivió Antoni Gaudí de 1906 a 1925

Por la mañana bajaba a pie hasta la parroquia de Sant Joan de Gràcia,su templo habitual de culto durante aquellos años. Algunos historiadores apuntan que Gaudí habría contribuido al diseño de un trencadís de la capilla del Santísimo Sacramento, atribuida a Francesc Berenguer, discípulo suyo.

Iglesia de Sant Joan de Gràcia, en la plaza de la Virreina

Después de la eucaristía, caminaba hasta la Sagrada Familia, donde trabajaba desde 1914. Desde ese año, una vez finalizada La Pedrera, se dedicó exclusivamente a la obra que le habían encargado a finales de 1883. Anexo al templo, construyó el taller, donde preparaba sus maquetas y modelos, así como el edificio de las escuelas provisionales de la Sagrada Familia, destinadas a los hijos de los obreros y a los niños del barrio.

Vista exterior del taller de Gaudí en 1927. Fuente: Archivo Fotográfico del Centre Excursionista de Catalunya

Gaudí pasaba la mayor parte de la jornada en el templo: hacía los dibujos, preparaba maquetas y modelos, supervisaba la obra, hablaba con sus colaboradores y les explicaba el proyecto, o recibía las visitas de todos aquellos que se interesaban por lo que estaban haciendo. Incluso en noviembre de 1925 dejó la casa del Park Güell, donde desde hacía unos años residía solo tras la muerte de su padre y de su sobrina, para instalarse en la Sagrada Familia. Hasta su muerte, en junio de 1926, vivió en una pequeña habitación del estudio, invadida por planos y maquetas, donde había colocado una cama para dormir.

Antoni Gaudí paseando por la obra del templo. Estudio de Gaudí en la Sagrada Familia y cama donde descansaba

El arquitecto solía llevar frutos secos en los bolsillos, que le hacía llegar el mediero de las tierras de Riudoms, para pasar el hambre hasta la hora de comer. Por la tarde, una vez terminado el trabajo, caminaba hasta el oratorio de Sant Felip Neri, donde rezaba y participaba en el oficio de vísperas. Hacia allí se dirigía Gaudí la tarde del 7 de junio de 1926, cuando fue atropellado por un tranvía. Aquella misma tarde había trabajado en unas lámparas de alabastro para la cripta y, al terminar la jornada, dijo al operario que lo acompañaba: «Mañana haremos cosas muy bonitas». Pero ya no volvió, porque moriría tres días después en el Hospital de la Santa Creu.

Fachada exterior e interior del oratorio de Sant Felip Neri, espacio que Antoni Gaudí frecuentaba regularmente

Sant Felip Neri era un espacio importante para Gaudí, tanto en el ámbito espiritual, ya que era donde se confesaba y seguía la dirección de Lluís M. de Valls y Agustí Mas, ambos felipones, como en el ámbito social y artístico. Allí se encontraba habitualmente con miembros del Cercle Artístic de Sant Lluc,una asociación de artistas que compartían los ideales del catalanismo cristiano promovidos por el Obispo Josep Torras i Bages. Entre otros, estaban el director del Orfeó, Lluís Millet, que fue director de capilla y compartía con él el interés por la música popular y el canto gregoriano, el arquitecto Josep Puig i Cadafalch y el pintor Joan Llimona. Este último, hermano del escultor Josep Llimona (colaborador en la Sagrada Familia), le rindió un homenaje utilizándolo como modelo de San Felipe Neri en los dos cuadros que hay colgados en el interior de la iglesia.

Cuadros del oratorio de Sant Felip Neri en los que Antoni Gaudí aparece retratado como santo. Obras de Joan Llimona

Cuando el día declinaba, regresaba al Park Güell a pie o en tranvía, con la edición de la tarde de La Veu de Catalunya bajo el brazo, que compraba en la plaza de Urquinaona. Solían acompañarlo, mientras la salud se lo permitió, amigos como Pere Santaló, médico, y Llorenç Matamala, jefe de los escultores de la Sagrada Familia. A veces pasaba por el taller de modelistas de la Sagrada Familia para cenar y, al llegar a casa, tal como había hecho al salir, rezaba brevemente ante la imagen de san Antonio de Padua que había en el jardín.

Gaudí recorría a pie entre ocho y diez kilómetros cada día por las calles de Barcelona. La actividad física ocupaba un lugar esencial en su rutina diaria, tal como él mismo expresaba: «Los pies sostienen la cabeza. Caminar es indispensable para equilibrar el trabajo intelectual y para proporcionar un sueño profundo y reparador. Hay que estar ocupado todo el día, intelectual y manualmente, caminando y haciendo ejercicio, todo en proporción a las fuerzas que se tienen: así se duerme toda la noche completa y eso es el equilibrio, la compensación, la vida».*

  *Joan Bergós, El hombre y la obra,página 27.

Estas caminatas se alargaban los domingos por la mañana. Después de asistir a misa en la catedral, Gaudí se dirigía al rompeolas del puerto para contemplar el mar. Ya desde pequeño había adquirido esta costumbre en Tarragona, porque el mar, según decía, le permitía percibir el volumen y las tres dimensiones. A menudo lo acompañaba Domènec Sugrañes, su primer colaborador en la Sagrada Familia y el arquitecto que lo sucedería al frente de las obras. Durante estos paseos, Gaudí, un hombre agradable de escuchar y acostumbrado a la reflexión, mantenía largas conversaciones con sus acompañantes sobre los temas más diversos. «Hay que alternar la reflexión y la acción, que se completan y se corrigen la una a la otra», explicaba el arquitecto a Joan Bergós, uno de sus jóvenes colaboradores.