¿Qué Sagrada Familia tendríamos hoy si Gaudí no hubiese asumido el proyecto?

Aunque la Basílica de la Sagrada Familia está necesariamente ligada a la figura de Antoni Gaudí, este no fue nombrado arquitecto del proyecto hasta 1883, un año después de que se pusiese la primera piedra y solamente tras la dimisión del cargo de Francisco de Paula del Villar y Lozano. Estas circunstancias, de las que hoy se cumplen 134 años, condicionaron de forma decisiva que la Basílica sea como es ahora.

EL PROMOTOR DEL TEMPLO

La construcción de la Basílica de la Sagrada Familia nace de la iniciativa del librero barcelonés y hombre de fervorosa fe católica Josep Maria Bocabella i Verdaguer, quien funda la Asociación de Devotos de San José en 1866 con el fin de fomentar los valores de la familia cristiana. Cuatro años más tarde, viaja a Roma para obsequiar al papa Pío IX con una imagen en plata de la Sagrada Familia y, a la vuelta, descubre en Loreto el santuario que acoge la Santa Casa, la residencia en la que, según la tradición, vivió la Sagrada Familia y que, supuestamente, se trasladó en el siglo XIII desde Nazaret hasta esta localidad italiana. Bocabella se quedó maravillado con los fundamentos simbólicos y artísticos del santuario, que le inspiraron la idea de construir en Barcelona una réplica. Así es como se engendra la Basílica de la Sagrada Familia.

EL PROYECTO ORIGINAL: EL TEMPLO NEOGÓTICO DE VILLAR

Bocabella encargó el proyecto al arquitecto diocesano Francisco de Paula del Villar y Lozano, quien se había ofrecido a trabajar sin cobrar honorarios. Era una época de enorme vitalidad social, económica y cultural en Barcelona. Y era, además, un momento histórico complicado para el cristianismo en Europa. Es en este contexto en el que Bocabella, con la intención de recuperar la espiritualidad del pueblo, decidió que el templo que quería construir y que sería financiado con las aportaciones de los fieles de la Asociación de Devotos de San José en un solar del Eixample, debía ser una construcción contundente que transmitiese paz a la ciudadanía.

Aunque soñaba con construir una réplica exacta del santuario de Loreto, del Villar lo convenció para descartar la idea y edificar un templo neogótico, de acuerdo con las tendencias del momento, pero manteniendo la intención de monumentalidad de Bocabella. El proyecto de del Villar se inspiraba en las grandes catedrales medievales y preveía edificar una iglesia de tres naves con planta de cruz latina, una cripta de dimensiones notables, un ábside con siete capillas y un campanario de aguja que, situado sobre el pórtico, debería llegar a los 85 metros de altura. Esta verticalidad, unida al diseño de contrafuertes exteriores y grandes ventanales alveolados, aportaba una clara identidad gótica al edificio.

La primera piedra se colocó el 19 de marzo de 1882, Día de San José, y la construcción se inició, como era costumbre, por los cimientos de la cripta.

LA DIMISIÓN DE VILLAR…

Un año más tarde, en 1883, surgieron las primeras discrepancias entre el arquitecto del Villar y Bocabella y el principal asesor de este último, el arquitecto Joan Martorell. Del Villar quería construir los pilares de la cripta con piedra totalmente maciza, haciendo de una sola pieza cada lámina entre juntas horizontales, mientras que el promotor y Martorell consideraban que esta opción resultaba demasiado cara.

Las divergencias terminarían con del Villar dimitiendo del cargo por primera vez en su carrera como arquitecto. 

… Y LLEGA GAUDÍ

Después de la dimisión de del Villar, Bocabella ofreció la dirección de las obras a Martorell. Este declinó la oferta por razones de delicadeza profesional y por su avanzada edad, pero propuso a su discípulo más aventajado, Antoni Gaudí, de tan solo 31 años y que también había trabajado para del Villar.

Gaudí fue nombrado arquitecto del templo el 3 de noviembre de 1883 y se encontró con una propuesta de proyecto elaborada y unas obras iniciadas: los cimientos de la cripta se habían finalizado y las columnas ya alcanzaban la mitad de su altura.

A pesar de ser un arquitecto joven con solo cinco años de experiencia, Gaudí asumió con seguridad y entusiasmo el desafío que marcaría toda su carrera profesional hasta su muerte. Ya desde el comienzo se lamentó por no poder construir el templo sobre la diagonal del solar debido a su disposición y así proyectarlo en una orientación canónica, es decir, hacia Jerusalén: la cabecera de la cruz (el ábside) hacia la salida del sol y la de la puerta principal de acceso (los pies de la planta de cruz) hacia el ocaso. De todos modos, como las obras de la cripta ya estaban iniciadas no existía otra opción que no fuese la de mantener la orientación establecida por del Villar.

LA NUEVA CRIPTA

A pesar de los contratiempos, Gaudí impuso cambios. En la cripta aumentó la altura de las bóvedas y cambió los capiteles por unos más floridos y vegetales. Hizo abrir ventanales más grandes y mandó excavar un foso perimetral en todo el entorno para mejorar la iluminación y la ventilación y evitar humedades. Todos estos cambios suponían signos de la influencia de la nueva mentalidad de una arquitectura higienista y preocupada por mejorar la comodidad de los espacios. Sin embargo, el cambio más significativo fue el de eliminar la escalera central de bajada y acceso a la cripta. La de del Villar era una escalera medieval que priorizaba la visita de los peregrinos hacia las reliquias expuestas en la cripta y no hacia el culto en la planta principal. Eliminar este vacío central del proyecto anterior, que solo conseguía separar el altar del pueblo, también supone un signo de la influencia de renovación litúrgica que se comenzaba a gestar en el país y se adelanta unos setenta años al espíritu del Concilio Vaticano II. El nuevo acceso a la cripta lo resolvió con dos escaleras de caracol en los laterales que, al mismo tiempo, servían para acceder a las cotas más altas del templo.

Más allá de la cripta, Gaudí tuvo que buscar soluciones a la disposición de la Basílica heredada de del Villar, que, por ejemplo, fijaba la fachada del templo a ras de calle, algo que no favorecía el espacio de recepción ante la puerta principal. Gaudí lo resolvió buscando espacio al otro lado de la calle y proyectando un puente y unas escalinatas que la atravesaran.

 

LA SAGRADA FAMILIA DE GAUDÍ

Gaudí cambió totalmente el proyecto de Villar en unas pocas semanas; no solo en el aspecto formal y estructural, sino en la magnitud y trascendencia de la obra. Planteó la Sagrada Familia como una gran Biblia de piedra en la que se explican toda la historia y los misterios de la fe cristiana. Se propuso alzar una edificación de enormes dimensiones sobre una planta de cruz latina de cinco naves, transepto, ábside con deambulatorio, claustro de circunvalación envolvente para grandes procesiones, doce campanarios, seis cimborrios y tres fachadas. Ideó el proyecto con criterios geométricos y proporcionales y, además, ambicionaba convertir el templo de la Sagrada Familia en un vínculo entre la tierra y el cielo. Fue Gaudí quien diseñó el cimborrio de Jesucristo, el elemento que culmina la Basílica con 172,5 metros de altura.

No sabemos a ciencia cierta cómo habría sido el templo de la Sagrada Familia si del Villar hubiese finalizado su proyecto; y tampoco sabemos cómo habría sido si Gaudí hubiese dirigido el proyecto desde su comienzo. Lo que sí sabemos es que si del Villar quería construir un templo contundente, Gaudí hizo uno superlativo, y que fue él quien consiguió unir fe y genio artístico para transformar la Basílica de la Sagrada Familia en una obra maestra universal.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *