María, y su mes, en la Sagrada Familia

Tradicionalmente, el mes de mayo que acabamos de iniciar ha sido, y continúa siendo, el mes dedicado a la Virgen María, la madre de Dios.

Las raíces de esta costumbre llegan a la antigua Grecia. En aquella época se dedicaba el mes de mayo a Artemisa, diosa de la fecundidad. La antigua Roma transformó esta dedicación por una similar, a la diosa de la vegetación, Flora, la intercesión de la cual pedían en los juegos florales que celebraban en esta época del año. De alguna manera, el amor a la madre, universal, se traduce en el amor a la madre Tierra, nuestro planeta, que este mes se encuentra en plena primavera y florece con todos sus colores.

Este recuerdo de la tierra de la que venimos, como una añoranza del útero materno, queda expresado de manera muy acertada en la forma absidial de las iglesias en sus cabeceras. El ábside de una iglesia es la forma cóncava que acoge en su interior el altar, que representa al propio Jesucristo-Dios, del mismo modo que María tiene a este último en sus entrañas. En la Sagrada Familia, Gaudí pensó en disponer sobre el altar el baldaquino que simboliza el Espíritu Santo, también considerado el esposo de María al concebir de este la semilla que engendraría a Jesús. Por este motivo, el baldaquino tiene la forma de un polígono de siete lados con un don del Espíritu Santo en cada uno de ellos. El ábside también dispone de siete capillas, y la torre de la Virgen María tiene catorce lados. Por lo tanto, todo está relacionado.

Pero si volvemos a la Tierra, nos podemos fijar en que Gaudí también la tuvo en cuenta al coronar todas las agujas del ábside con espigas y plantas que había encontrado por el solar del templo, petrificadas y aumentadas en volumen. Asimismo, en todas las barandillas de piedra que coronan los muros que recorren las capillas del ábside, vemos que mandó esculpir todo tipo de hojas y enredaderas. De hecho, la idea de rodear a María de un jardín no es una novedad, ya que el arte gótico y el renacentista ilustraban esta doctrina sobre la virginidad de María representándola dentro o cerca de un jardín cerrado, conocido como hortus conclusus, como una representación de lo que debía permanecer protegido.

 

La relación de María con la torre del ábside queda patente en la Sagrada Familia de manera clara y directa al añadir la oración del avemaría sobre la base de la que parte torre de la Virgen. La torre arranca sobre los frontones triangulares del nivel superior del ábside. A pesar de que se sitúa sobre un polígono de siete lados, los frontones son cinco, ya que los dos lados que quedan en el interior del volumen del templo no tienen frontón, obviamente. Estos cinco frontones dejan a la vista cuatro embudos de recogida de aguas, uno entre cada par de frontones. Esta oración del avemaría ya había sido colocada con trencadís azul en estos embudos en el momento de cerrar las bóvedas para la dedicación de la Basílica, en el 2010, Sin embargo, más recientemente y aprovechando la intervención necesaria para la revisión del proyecto de altura de la torre y las repercusiones geométricas de este en la base, se ha podido mejorar su visibilidad y lectura: se ha realizado la oración en relieve, sin el mosaico azul que producía reflejos y confusión, y se ha aprovechado para revisar el texto de la oración y añadir la parte escultórica floral que faltaba por hacer.

 

 

Las flores elegidas para estos cuatro embudos más visibles desde la calle son el lirio blanco, el narciso, el lirio de los valles y el jazmín, todas ellas identificadas a menudo en las representaciones de la Virgen María.

Esta revisión también se ha aprovechado para dotar al avemaría de más universalidad. Esta oración se compone de dos partes, pero solo la primera es común a las confesiones católica, ortodoxa, protestante y anglicana. La segunda parte, que comienza con «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores…», se añadió en la Edad Media, en época de muchas luchas y mortandad, de ahí el «…ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén».

Inicialmente se habían incluido solo el principio de la primera parte y el principio de la segunda, pero ahora se ha añadido el texto completo de la primer parte, en latín:

«Ave Maria, gratia plena,

Dominus tecum,

benedicta tu in mulieribus,

benedictus fructus ventris tui, Jesus»

De todas maneras, parte del resto del texto se ha podido mantener gracias al espacio que facilitan los escudos de los tres ventanales centrales del ábside. De manera similar a los escudos del resto de ventanales, que a lo largo de las naves y transeptos glosan con letras rojas «Demus Gloriam Deo», en los escudos de los ventanales del ábside se han incluido con letras azules tres de las cincuenta letanías del rosario mariano: «Santa Maria», «Mare de Déu» y «Reina de la Pau». Las dos primeras apelaciones son las más conocidas y las iniciales de esta oración. «Reina de la Pau» hace referencia a la paz tan deseada universalmente, la misma que nos dejaba Jesús después de su muerte en la cruz.

De hecho, podríamos decir que es el propio Jesús quien nos manifiesta claramente este amor hacia su madre cuando, desde la cruz, y velando por no dejarla viuda y desprotegida, dice una de sus últimas frases, con la cual le otorga como nuevo hijo a su discípulo amado, Juan: «”Mujer, aquí tienes a tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Aquí tienes a tu madre”». De este modo, vemos cómo la veneración por María, madre de Dios, como una muestra de amor a la madre universal, es una tradición tan arraigada como antigua de la que Gaudí se siente totalmente partícipe y que nos muestra de manera patente en el ábside de la Sagrada Familia con esta flora y estas oraciones.

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