Las Escuelas de la Sagrada Familia: un ejemplo de la relación entre geometría y mecánica

Una de las cosas que distingue a Gaudí de los arquitectos de su época es el hecho de que las cuestiones estructurales y formales, las que hacen referencia a la apariencia de su arquitectura, siempre terminan estando relacionadas entre sí y son, de alguna manera, inseparables. Las Escuelas de la Sagrada Familia son un ejemplo de ello.

Gaudí construyó las escuelas de la Sagrada Familia en el año 1909, con el principal objetivo de escolarizar a los niños del barrio que crecían alrededor del templo y a los hijos de los trabajadores de la obra, de modo que pudiera ampliar el conocimiento profesional y personal de los padres al darles una mayor cultura a sus hijos. La enseñanza que se instauró era nueva y rompía con los antiguos métodos, ya que el aprendizaje se basaba en la experiencia personal y la práctica, es decir, en la vivencia, tal y como promovían los nuevos métodos pedagógicos de María Montessori. Por eso, la mayoría de las clases se hacían al aire libre y Gaudí completó el edificio con umbráculos cubiertos con brezo, que aumentaban las posibilidades y la capacidad de la Escuela.

Por otro lado, Gaudí asumió la provisionalidad del edificio desde el momento en el que lo ubicó sobre la misma planta de su proyecto para el templo, en el ángulo opuesto a aquel que se estaba construyendo en ese momento. A pesar de la gran distancia con la obra y que esta avanzaba a un ritmo lento, la realidad y las prioridades del levantamiento del templo frente a las edificaciones auxiliares hicieron evidente que, desde el principio, se concibió como un edificio provisional.

El hecho más sorprendente de la arquitectura de este edificio es, probablemente, la ondulación de sus fachadas, que recuerda a las de La Pedrera de Barcelona. Sin embargo, las ondas de ambos proyectos son muy diferentes: en La Pedrera, Gaudí hizo un modelo de yeso con sus propias manos. Lo tenían a pie de obra y los canteros tenían que tomar medidas y pasarlas a la obra, realizando el cambio de escala correspondiente. En cambio, en el caso de las Escuelas de la Sagrada Familia, las ondulaciones son una muestra del último Gaudí, que se apoya en la geometría y la precisión matemática como camino alternativo a la forma creada desde el sentimiento y la intuición genuina y personal.

 

UNA ESTRUCTURA DISEÑADA CON POCOS RECURSOS Y MUCHO INGENIO

Se disponía de recursos mínimos para construir la Escuela pues, si ya había poco dinero para levantar el templo, menos había para un edificio que, tarde o temprano, se tendría que derribar. Esto marcó su arquitectura y obligó al proyectista a sacar el máximo partido de las ideas para evitar los materiales caros. Así pues, podemos apreciar unos acabados muy humildes, pero bastante prácticos: el edificio está enlucido con cemento portland en lugar de pavimento, y también se emplea este material en el arrimadero que protege de la suciedad la parte baja de las paredes, que acaban con un simple encalado blanco. El techo de viguetas de madera es visto y, entre la madera, también se puede ver la cerámica, el material más común que se podía utilizar en esa época. La humildad del edificio también es un reflejo de la humildad de Gaudí, quien, además, es muy probable que contribuyera con los gastos de la construcción del edificio.

Con respecto a la estructura, Gaudí aprovechaba las viguetas de madera convencionales que solían utilizarse para cubrir espacios menores, pero las colocaba con ingenio para crear a la vez una evacuación necesaria del agua de la lluvia de la cubierta. Al no apostar aquí por una superficie horizontal, evitaba la solución del terrado barcelonés, caracterizado por una doble cubierta sostenida con tabiques palomeros que habría costado el doble.

Es tal el ahorro que las paredes resultaron muy finas, hasta el punto de tener un grosor que, entre las dos capas de ladrillo y mortero, no llega a los 10 centímetros, por debajo de los 15 que exigían las normativas modernas de construcción, como mínimo, en las obras de fábrica. Entonces, ¿cómo se pueden sostener sin caerse? Pues es gracias a la forma que Gaudí les ha dado. La ondulación no es una elección formal, ni orgánica, ni un adorno. Como decíamos al principio, la geometría y la mecánica van de la mano para conseguir el resultado que se buscaba, ya que una pared tan fina no habría soportado el primer vendaval de no haber sido por la ondulación, que le otorga inercia y la hace estable y resistente.

La cubierta del edificio presenta esta misma forma ondulada. Cada una de las viguetas de madera que le dan dicha ondulación se apoya en una viga metálica central bien recta y horizontal que atraviesa el edificio en su sentido longitudinal. Por otro lado, las viguetas también se apoyan en las largas fachadas del edificio, que perfilan una cornisa ondulante con puntos más altos y puntos más bajos. Así, si uno de los extremos de una vigueta está apoyado en el punto más alto de una fachada, la otra, tras apoyarse en el punto intermedio de la viga central, se apoya en el punto más bajo de la ondulación en la otra fachada. De este modo, no queda ningún punto en la cubierta donde se pueda acumular el agua, que se evacua alternativamente por ambos lados.

Las paredes y la cubierta construidas con dos capas de cerámica, suponían así una transformación de la técnica tradicional de las bóvedas de ladrillos colocados de plano. Y es que, si la Escuela de la Sagrada Familia quería abrir nuevos caminos en la enseñanza, Gaudí también lo hacía con su nueva arquitectura.

 

Comentarios

  1. La idea de GAUDí NO FALLó, pero SI la cubierta que se partió por encima de la cabeza del apoyo longitudinal.. Esto se explica en mi libro: GAUDí-la mejor forma-.

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