La pureza del blanco en el interior de la torre de la Virgen María

Pasado el día de la Asunción de la Virgen, comienza a notarse que el solsticio de verano se aleja: las horas de luz se van reduciendo y la oscuridad de la noche se alarga hasta atrapar en duración al día con el comienzo del otoño a finales de septiembre. Con motivo de esta festividad, hemos querido desvelar algunos detalles del interior de la torre de la Virgen María que, de hecho, también juegan con este ciclo diario y anual de la luz, que varía de levante a poniente.

A diferencia del interior de la torre de Jesucristo, donde el núcleo vertical de la escalera y del ascensor tendrá un protagonismo muy importante, en el caso de la de la Virgen María, nos encontramos con que en el centro emerge una gran claraboya que capta la luz que entra en la torre y que ensalza e ilumina el presbiterio.  Hace unos años, esta claraboya conformaba el perfil visible de las obras desde la lejanía y se reconocía por su forma de hiperboloide, como si fuese la gran chimenea de una central térmica; no obstante, ahora ya se ha quedado dentro de la torre, que la envuelve.

Vista desde el interior del templo, esta claraboya es el punto más alto de las bóvedas de todo el templo y es donde se ha representado al Padre Eterno, de manera no figurativa, como un triángulo de vidrio veneciano dorado que resalta sobre el azulejo y el trencadís azul.

Vista desde el interior de la torre, la claraboya sobresaldrá como la pureza que esta protege en las entrañas de María. Este gran volumen emergente mide unos 15 metros de altura y todo aquel que lo recorra por los peldaños que le darán la vuelta quedará impresionado al mirar hacia arriba: al ser la torre más alta que la claraboya y no tener el obstáculo de ningún núcleo central, el espectador tendrá la sensación de estar dentro de una cúpula o cáscara protectora.

 

APROVECHANDO LA GEOMETRÍA DE LA TORRE

Este gran hiperboloide se ha vestido de blanco, color de la pureza por excelencia, y, para hacerlo, se ha aprovechado la geometría de la superficie, de modo que los azulejos blancos se han colocado recorriendo ambas familias de líneas que generan el hiperboloide como si se tratase de fibras que trenzan una cesta de mimbre. Las líneas principales se marcan con azulejos enteros de blanco brillante, mientras que las secundarias se colocan partidas, como si pasasen por encima de las primeras, de blanco mate. Entre ambas quedan unos espacios que se rellenarán con trencadís de diferentes blancos.

Aparte del volumen central de esta gran claraboya, lo que también da forma al espacio interior de la torre de María es la cara interior de los paneles de piedra tesada que la conforman. Cada nivel tiene catorce paneles y para tapar las costuras que hay entre ellos, hay catorce hileras de grandes rombos de cerámica también blanca. De la misma manera que los aristones de granito blanco esconden, por fuera, la estructura principal de acero, estos rombos blancos taparán las líneas estructurales por dentro.

 

 

DIEZ VARIEDADES DE BLANCO PARA LOS ROMBOS

Conscientes de que había que aprender de los trencadissos del Park Güell a la hora de llenar de trencadís blanco la torre de la Virgen María, descubrimos que Gaudí había llegado a utilizar diecinueve variedades de blancos diferentes para las columnas y bóvedas de la sala que hay bajo la gran plaza del parque. De este modo, rompía con la monotonía de un color excesivamente plano. Siguiendo esta técnica, inicialmente pensamos en hacer las catorce aristas de rombos con catorce tipos de blanco diferentes, que tendiesen hacia todos los colores del arcoíris, desde los azules finos a los rojos, para acentuar el efecto de la luz. Combinando los elementos brillantes con los mates, y los puramente blancos con estos otros destonificados, se obtenía la elevada suma de treinta blancos diferentes, un número que parece ser el máximo que puede distinguir un esquimal, experto en la supervivencia en el mundo de los blancos. Sin embargo, vimos que estábamos forzando demasiado la capacidad perceptiva de un observador convencional y simplificamos la idea utilizando solamente dos blancos puros, el mate y el brillante, y seis blancos más, ligeramente coloreados hacia azul, violeta, rojo, naranja, amarillo y verde, contando para el azul y el rojo la versión en mate y en brillante. De esta manera redujimos a una tercera parte la variedad inicial de blancos.

Así pues, los rombos se descomponen en azulejos triangulares y cada uno tiene un porcentaje de azulejos de cada tono de blanco dispuestos de manera que, gradualmente, el círculo completo de cada nivel recorre toda la gama cromática. Con esta disposición se ha querido acentuar la presencia de azules y verdes en las superficies que recibirán la luz fresca de la mañana, y la de naranjas y rojos en las que recibirán la luz cálida de la tarde.

 

Por lo tanto, en el interior de la torre de la Virgen María dominará el blanco, símbolo de la pureza, y el singular y grandioso espacio quedará bañado por una luz que evoluciona naturalmente a lo largo del día y del año, y que se verá reforzada por una tría cromática muy sutil con una clara voluntad de que este espacio quede teñido de una sensación real de santidad.

 

Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *