La geometría del templo: la esencia que le da forma y sentido

A la hora de describir la Sagrada Familia, es frecuente decir, por ejemplo, que tiene tres fachadas en el exterior con cuatro campanarios en cada una de ellas, seis cimborrios, y un total de dieciocho torres que se alzan hacia el cielo, mientras que, en el interior, hay un bosque de columnas ordenadas según una retícula de 7,50 x 7,50 metros. Y es que resulta prácticamente imposible describir la Basílica sin hacer referencia a los números, a las matemáticas y a la geometría, al igual que tampoco podemos pasar por alto la relación entre todo ello, que organiza la forma física del templo, con el contenido simbólico, que organiza su alma, y con el esqueleto estructural que lo sustenta todo.

Cuando observamos las fachadas del templo vemos cómo Gaudí evoluciona desde el gótico hacia la geometría reglada, que dota a su obra de una modernidad más que sorprendente. Así pues, los ventanales del subterráneo son muy neogóticos, como atestiguan sus molduras y su robustez; encima, los rosetones de los ventanales del primer nivel se organizan, aún, de manera muy neogótica, con un óculo central y una corona de círculos a su alrededor, pero la geometría utilizada para estos agujeros circulares es mucho más moderna: un conjunto de hiperboloides con costuras de paraboloides; por último, los ventanales del nivel superior ya se organizan de manera mucho más libre, con un rosetón central elíptico que se desvincula de la tradicional organización de los rosetones.

Sin embargo, este camino hacia la geometría que emprende Gaudí no es solamente una búsqueda formal que genera una riqueza y una exuberancia sin precedentes, sino que es fruto de una búsqueda más profunda. Otro ejemplo más es la propagación de la luz al interior del templo al atravesar estos ventanales: estas formas ayudan a que la luz se deslice por sus superficies y creen en el interior un mundo mágico que agita el espíritu y facilita la introspección. En cualquier caso, el objetivo simbólico es lo más importante de todo, puesto que da sentido a la obra completa del templo. Por ello, desgranamos a continuación la esencia simbólica de las tres formas geométricas que hacen posible la formalización del templo.

 

HIPERBOLOIDES, LA LUZ

La búsqueda de la manera mediante la cual la luz natural accedía al espacio interior llevó a Gaudí a hacerla entrar no solo por las fachadas, sino también por el techo, la gran novedad de nuestro templo en comparación con cualquiera de las otras grandes catedrales de todo el mundo. El arquitecto encuentra en el hiperboloide la mejor forma de conducir la luz. Con su forma de doble trompeta, que se abre hacia dos lados opuestos, permite recoger la luz en la parte exterior y propagarla por el interior. De esta manera, la luz captada en las buhardillas superiores, sobre las naves del templo, es conducida mediante todo el conjunto de hiperboloides hacia el interior perforando unas bóvedas en los puntos en los que hace falta menos peso, que son los más alejados de los soportes inclinados del templo. Sin embargo, Gaudí no quiere perder el símbolo de la tradicional piedra clave de bóveda, en los puntos centrales de cada módulo de techo, que transforma en un farol ligero de vidrio de colores.

 

 

HELICOIDES, EL MOVIMIENTO

Sin embargo, la asociación que crea Gaudí entre el hiperboloide y la luz no es un hecho aislado: de manera muy similar, se asocia la figura geométrica del helicoide con el movimiento. El helicoide es la superficie que se forma a partir de una hélice que gira en torno a un eje y las escaleras de caracol son una muestra clara de este en el templo. Las columnas salomónicas, es decir, helicoidales, son las que muestran hélices desde el suelo hasta los capiteles, y estas formas dan sensación de movimiento ascendente. Gaudí tiene ejemplos fantásticos de ellas en el pórtico de la Lavandera del Park Güell, entre otras obras. En el templo también hay alguna muestra de estas columnas, como la que separa los ventanales del claustro, pero el gran descubrimiento que realizó con el estudio obstinado de estas columnas fue la columna de doble giro.

Se trata de la columna resultante de la intersección de dos columnas salomónicas de giros contrarios. Se afila muy sutilmente a medida que sube; comienza marcando unas aristas que sucesivamente se multiplican en número, y, así, doblando el número inicial en cada tramo, va recorriendo todo tipo de figuras poligonales, con un número cada vez mayor de lados, hasta llegar al círculo.

 

 

 

PARABOLOIDES, LA SANTÍSIMA TRINIDAD

La última gran asociación que Gaudí establece entre geometría y significado es la del paraboloide hiperbólico. Los paraboloides son bastante frecuentes a nuestro alrededor y, de hecho, una silla de montar o un collado de montaña son muestras de esta figura geométrica.

El paraboloide se puede generar con rectas y es la superficie reglada por excelencia. La superficie del paraboloide la podemos obtener desplazando una regla que siempre se apoye en dos rectas en el espacio. Si las rectas fuesen paralelas estaríamos creando un plano, pero cuando no lo son, se obtiene un paraboloide. Y esto fue lo que hizo que Gaudí asociara el paraboloide con la Santísima Trinidad. Él dice que, si una recta representa al Padre, y la otra al Hijo, el Espíritu Santo es la regla, es decir, lo que les une y relaciona permanentemente.

Así pues, vemos como la geometría de las formas gaudinianas no solamente organiza la estructura del templo, otorgando al proyecto una modernidad que sigue sorprendiendo hoy en día, sino que también le aporta significado. Y es que en la obra de Gaudí, geometría, estructura y símbolo son inseparables.

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